A inicios del siglo XX, La Habana era otra película. La prostitución movía dinero y poder, y gran parte de ese negocio estaba en manos de los llamados “apaches”, bandas de chulos franceses que controlaban zonas clave de la ciudad. En ese escenario caliente apareció una figura que rompió todos los esquemas: Alberto Yarini.
Nacido en 1882 en una familia acomodada, Yarini no era cualquier tipo del barrio. Educado, con estudios en Estados Unidos y modales finos, combinaba perfectamente el mundo de la élite con el ambiente crudo de San Isidro. Y ahí es donde se volvió leyenda.
San Isidro era el corazón de la prostitución habanera, lleno de mujeres llegadas de Europa, sobre todo de Francia y Bélgica. En medio de ese ambiente, Yarini se ganó respeto a pulso. Era elegante, pero también sabía fajarse, y en ese mundo eso valía más que cualquier título.
Desde su casa en la calle Paula, manejaba su negocio con varias mujeres bajo su control. Pero lo curioso no era solo eso, sino cómo se movía entre dos mundos: de día podía estar en ambientes refinados y de noche resolviendo problemas en la calle, como un personaje sacado de novela.
Todo cambió cuando entró en juego una figura clave: Berthe la Fontaine, conocida como “Petite Bertha”. Había sido traída desde Francia por el proxeneta Louis Letot, pero Yarini, con su labia y presencia, logró conquistarla. Y ahí fue donde se prendió la chispa.
Lo que para Yarini fue otra conquista, para Letot fue una falta de respeto imperdonable. El orgullo en ese mundo se pagaba caro, y la venganza no tardó en llegar.
El 21 de noviembre de 1910, en plena calle, Yarini fue atacado a tiros. Aunque no murió en el acto, fue llevado al hospital, donde falleció horas después. Antes de morir, dejó una nota asumiendo la responsabilidad del tiroteo, intentando proteger a su amigo. Hasta el final, jugó su propia partida.
Su entierro fue multitudinario. Miles de personas salieron a despedirlo, algo que deja claro el impacto que tenía en la sociedad habanera. No era solo un proxeneta, era un símbolo de su tiempo, con luces y sombras.
Hoy, su historia sigue viva en la cultura cubana, llevada al teatro, al cine y a la televisión. Porque Yarini no fue un santo, ni mucho menos… pero en una Cuba llena de contradicciones, terminó convertido en mito.

