En las afueras de Matanzas, a unos kilómetros del bullicio de la ciudad, existe una historia que mezcla fe, sacrificio… y el clásico abandono que ya es marca registrada del sistema cubano. Todo comenzó en 1941, cuando Ramiro Mouriño Bello compró una finca prácticamente en monte, con apenas una casita de madera y muchas ganas de salir adelante.
El hombre no la tenía fácil. Entre la diabetes y los problemas del corazón, estaba más pa’llá que pa’cá, y en medio de esa lucha hizo lo que muchos cubanos hacen en momentos duros: se encomendó a la Virgen de la Caridad del Cobre. Prometió levantarle un espacio si lograba recuperarse… y cumplió.
Años después, lo que nació como una simple promesa se convirtió en algo único. Una capilla adornada con caracoles, mármol, corales y piedras marinas, que poco a poco fue ganando fama hasta convertirse en la conocida “Casa de los Caracoles”. La gente empezó a llegar en masa, a pedir, agradecer y dejar donaciones. Aquello se volvió un punto de fe, pero también de comunidad.
El lugar creció con esfuerzo propio, sin ayuda de ningún “plan estatal milagroso”. Se levantaron jardines, fuentes, espacios para visitantes, hasta una cafetería para atender a la gente. Era el típico ejemplo de lo que el cubano logra cuando lo dejan trabajar sin trabas.
Las hermanas Mayda y Magaly, criadas allí, recuerdan ese tiempo como una etapa dorada. Hablan de procesiones, celebraciones y hasta noches memorables, como aquella en la que Benny Moré llegó tarde… pero convirtió la fiesta en algo legendario hasta el amanecer. Aquello no era solo un sitio religioso, era cultura viva.
Pero claro, en Cuba todo lo que florece sin control estatal termina marchitándose. Tras los cambios políticos, el lugar nunca recibió apoyo real. El abandono, la escasez y la desidia institucional fueron haciendo su trabajo silencioso.
Con el tiempo, lo que fue orgullo se convirtió en deterioro. Robos, vandalismo y destrucción fueron acabando con las capillas, las decoraciones y hasta con la Virgen original. Ni el respeto por la fe ni el valor histórico lograron salvar el sitio del deterioro.
Las hermanas hoy sobreviven como pueden, en una vivienda que amenaza con venirse abajo. Han pedido ayuda, pero la historia se repite: promesas que se pierden cuando llegan a las oficinas del Gobierno. Mientras tanto, el techo se cae, el lugar se desmorona y el olvido avanza.
Lo más irónico es que este espacio ni siquiera está reconocido como patrimonio. En un país donde tanto se habla de cultura, lugares con historia real quedan abandonados mientras la burocracia mira para otro lado.
La Casa de los Caracoles no es solo una construcción. Es el reflejo de Cuba misma: una mezcla de talento, fe y esfuerzo… golpeada por el abandono de un sistema que nunca supo cuidar lo que el pueblo levantó con sus propias manos.

