En Cuba hay una única “empresa” que nunca entra en crisis: la propaganda. Mientras todo se cae a pedazos, los actos políticos siguen funcionando como reloj suizo, sin fallar ni un día. Este domingo, el presidente Miguel Díaz-Canel volvió a montar el espectáculo, esta vez desde la Ciénaga de Zapata, para conmemorar Playa Girón y, de paso, arrancar la campaña “Mi firma por la Patria”.
Según el discurso oficial, todo esto es por la “paz” y la “soberanía”. Pero en la calle, asere, la gente lo ve distinto: más presión política disfrazada de patriotismo.
El evento reunió a la cúpula del poder, con Roberto Morales Ojeda incluido, aunque Raúl Castro brilló por su ausencia física. Eso sí, no faltó la ofrenda simbólica, porque en este sistema hasta los ausentes tienen que aparecer.
La recogida de firmas ya venía anunciada desde el Coloquio Patria, otro escenario donde el régimen repite el mismo guion de siempre. Se habla de deber constitucional, de defender la nación… pero en la práctica se convierte en un acto de lealtad obligatoria, donde decir “no” no es una opción real.
Y esto no es nuevo. Muchos cubanos recuerdan bien cuando en 2002 los obligaron a firmar por el socialismo “irrevocable”. Hoy cambian el nombre, pero la jugada es la misma.
Mientras tanto, los voceros oficiales siguen vendiendo la idea de unidad y resistencia. Jóvenes dirigentes repiten que el destino lo decide el pueblo… aunque todos saben que ese “pueblo” no decide ni el menú del día.
Y ahí es donde la cosa se rompe. Porque mientras arriba hablan de épica, abajo la realidad es otra. Apagones interminables, falta de agua, comida por las nubes y una economía en caída libre. El sistema eléctrico está al borde del colapso, con termoeléctricas fuera de servicio y apagones que en algunos lugares pasan de 20 horas.
El discurso oficial culpa al embargo, pero la gente lo que siente es el golpe directo: cocinar con carbón, vivir sin corriente y estirar un salario que no alcanza ni para empezar el mes.
Incluso dentro de la isla hay quienes ya no se callan. El humorista Ulises Toirac lo dijo claro: todo esto es un despilfarro, una puesta en escena que no tiene nada que ver con la vida real del cubano.
Y mientras el régimen recoge firmas y monta actos, el país se vacía. Desde 2021, cientos de miles han emigrado buscando lo que aquí no encuentran: una vida digna.
Al final, el contraste es brutal. De un lado, consignas y discursos reciclados. Del otro, un pueblo cansado, sobreviviendo como puede.
Porque en Cuba, la propaganda sigue produciendo… pero la realidad hace rato que le pasó por arriba.

