No van al médico y todo lo curan con agua: los «acuáticos», el misterio que rodea a estos cubanos que viven en Viñales 

En el corazón del Valle de Viñales, entre mogotes, caminos de tierra y monte cerrado, nació una de las historias más curiosas y polémicas de Cuba: la leyenda de Antoñica Izquierdo, conocida como la Curandera de los Cayos.

Todo empezó en los años 30, en una Cuba donde la salud era un lujo que pocos podían pagar, sobre todo en zonas rurales olvidadas por el Estado. Antoñica, una mujer humilde con siete hijos, vivía prácticamente desconectada de cualquier atención médica. Y fue precisamente esa necesidad la que encendió la chispa de la leyenda.

Cuenta la historia que, cuando su hijo menor enfermó gravemente y no había dinero para llevarlo a un hospital, la desesperación la llevó a rezar sin parar. Fue entonces cuando, según el relato popular, tuvo una visión: la Virgen María le prometió sanar al niño, pero a cambio le otorgaría un don especial… con una condición clara: no podía usar medicinas, solo agua.

Desde ese momento, Antoñica comenzó a practicar lo que muchos consideraron milagros. Así nació la comunidad conocida como Los Acuáticos, donde el agua se convirtió en el centro de todo. Los rituales incluían baños, rezos y hasta beber pequeños sorbos, siempre acompañados de invocaciones religiosas.

Las curaciones se hacían siguiendo ciertas prácticas, como repetir el lavado en números impares y mantener una fe absoluta en el proceso. La voz de la curandera guiaba cada sesión, mezclando rezos con frases que se volvieron parte de la tradición popular.

Pero como toda historia marcada por la fe, también hubo polémica. Mientras algunos aseguraban haber sanado gracias a estos rituales, otros pagaron un precio alto por confiar únicamente en el agua. Entre milagros y tragedias, la leyenda fue creciendo.

Lo cierto es que este fenómeno no surgió en el vacío. Fue el reflejo de una realidad dura: la falta de acceso a la salud en la Cuba rural de la época, donde la gente tenía que buscar soluciones como pudiera, incluso aferrándose a lo espiritual.

Hoy, décadas después, la historia sigue viva. El llamado Valle de la Penitencia, donde Antoñica pasó sus últimos años, recibe visitantes curiosos que llegan buscando entender qué hay detrás de este mito. Algunos van por fe, otros por historia… y muchos por simple intriga.