En La Habana, el guion se repite, pero cada vez convence menos. El músico Arnaldo Rodríguez salió a defender su apoyo a la campaña oficialista “Mi firma por la patria”, presentándola como un acto de compromiso con la nación. Todo ocurrió en un evento organizado por la Uneac, donde se reunieron artistas e intelectuales bajo la narrativa de “defender la soberanía”.
Según el propio Rodríguez, firmar es un gesto que va más allá de ideologías. Una postura que intenta vender unidad en medio de un país profundamente dividido. Otros participantes, como la pintora Diana Balboa, también se sumaron al discurso, calificando la iniciativa como un deber ciudadano y patriótico.
Pero la realidad en la calle cuenta otra historia muy distinta.
Aunque el régimen presenta esta campaña como algo espontáneo, todo apunta a una maquinaria bien organizada desde el Partido Comunista, movilizando centros de trabajo, universidades y estructuras de control social. En buen cubano: eso no nació solo… eso lo empujaron desde arriba.
Y donde hay presión, hay rechazo. Muchos cubanos dentro y fuera de la isla han denunciado que las firmas no se piden, se exigen. Comentarios en redes hablan de amenazas veladas, de ese clásico “firma o atente a las consecuencias”. Incluso en lugares como Cárdenas, vecinos se han plantado y han dicho que no.
Desde la oposición, voces como la de José Daniel Ferrer han sido claras: no se trata de amor a la patria, sino de respaldo a un sistema que sigue apretando al pueblo.
Mientras tanto, el país real sigue en crisis. Apagones interminables, escasez de comida y medicinas, y una economía en caída libre. En ese contexto, esta campaña suena más a cortina de humo que a iniciativa cívica.
En redes sociales, la respuesta ha sido contundente. Muchos han dejado claro que su firma no está para sostener estructuras de poder eternas. Una frase que se repite fuerte: la patria no es el gobierno.

