Han pasado casi ocho años desde el desastre del vuelo 972 de Cubana de Aviación, y el dolor sigue intacto. Para las familias, la tragedia no terminó en 2018. Sigue viva en la falta de justicia, en el silencio oficial y en la ausencia total de responsabilidades dentro de Cuba.
Pero ahora, desde fuera de la isla, llegó un rayo de luz. Una jueza en México ordenó a la aerolínea Global Air pagar más de 7 millones de dólares a familiares de cuatro tripulantes fallecidos. Por primera vez, un tribunal reconoce que aquello no fue un accidente cualquiera… fue negligencia.
El avión, un Boeing 737-200, cayó apenas segundos después de despegar en La Habana. De las 113 personas a bordo, 112 murieron. Una de las peores tragedias aéreas en décadas, que dejó un país en shock… y un sistema sin respuestas.
La sentencia mexicana deja claro algo que muchos sospechaban: el avión volaba en malas condiciones. Según el fallo, la compañía operó la aeronave sin mantenimiento adecuado y ocultando fallas que ya conocía. Una bomba en el aire.
Para las familias, esto no es solo un fallo judicial. Es una validación. Durante años, tocaron puertas en Cuba… y no encontraron nada. “Busqué justicia en mi país, pero nunca llegó”, ha dicho una madre que perdió a su hija y a su nieta en el accidente.
El golpe más duro es ese: el abandono. Mientras en otros países se investigaba, en Cuba el caso quedó en el aire. Sin juicios, sin responsables, sin explicaciones claras. Como si la tragedia no mereciera respuestas.
Expertos legales ven en esta decisión un precedente clave. Podría abrir la puerta a más reclamaciones y establecer indemnizaciones millonarias por cada víctima. Pero el camino sigue siendo complicado.
Global Air está en proceso de quiebra, lo que pone en duda si las familias podrán recibir ese dinero. Y por si fuera poco, la falta de cooperación del régimen cubano sigue bloqueando investigaciones, con solicitudes internacionales ignoradas una tras otra.
Mientras tanto, la única sobreviviente, Mailén Díaz, sigue alzando la voz. Su mensaje es claro y directo: que la palabra “justicia” deje de ser promesa y se convierta en realidad.
Ocho años después, el dolor no se apaga. Pero algo está cambiando. Porque cuando la justicia no llega desde dentro… termina llegando desde afuera.

