Joaquín tiene apenas 16 años, pero su rutina no se parece en nada a la de cualquier adolescente. En el oriente de Cuba, su día comienza con una decisión que no debería existir: ir a la escuela o salir al monte a buscar leña para poder comer en casa.
Su historia refleja una realidad que ya se ha vuelto común en la isla. Vive con su madre y su abuela, y desde que los apagones dejaron de ser algo ocasional para convertirse en norma, la leña pasó a ser el único recurso seguro para cocinar.
Cada mañana, antes de pensar en clases, Joaquín agarra un machete prestado y se lanza a caminar kilómetros. No es fácil. El cansancio pesa, el calor aprieta y la leña cada vez está más lejos. “Hay que caminar bastante y cansa”, cuenta, como quien ya se acostumbró a lo que nunca debió vivir.
Con el tiempo, encontró otra salida dentro de la misma necesidad. Parte de la leña que recoge la vende. Un saco puede alcanzar unos 500 pesos, un dinero que apenas alcanza, pero que marca la diferencia entre comer o no. Sobrevive resolviendo, como millones en Cuba.
Pero el precio es alto. No solo pierde clases, también se expone a peligros reales. Terrenos difíciles, herramientas sin protección y accidentes que pueden terminar mal. Él mismo lo vivió cuando se cortó un pie y tuvo que caminar herido. “Es peligroso, pero no tengo miedo”, dice, con una madurez que duele escuchar.
Y Joaquín no es el único. Cada vez más niños y adolescentes abandonan la escuela para trabajar en lo que aparezca: construcción, ventas informales o recogida de leña. Una generación marcada por la necesidad, en un país donde la pobreza se ha vuelto norma.
La ley dice que el trabajo infantil está prohibido. Pero en la práctica, eso no existe. La crisis energética, la falta de combustible y los apagones constantes han empujado a millones a buscar alternativas como sea.
Hoy, más de nueve millones de cubanos cocinan sin acceso estable a gas o electricidad. Y mientras el sistema se hunde, el impacto también golpea al medio ambiente. La tala indiscriminada y los incendios están acabando con los bosques, dejando otra herida más difícil de sanar.

