Bruno Rodríguez muestra el miedo del régimen pidiendo ayuda internacional en caso de una agresión militar de Estados Unidos

El canciller del régimen cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, volvió a encender la retórica política este jueves durante la reunión de ministros de Relaciones Exteriores de los BRICS celebrada en Nueva Delhi, donde aseguró que Cuba enfrenta una supuesta amenaza de agresión militar directa por parte de Estados Unidos.

En medio de una isla colapsada por apagones históricos, escasez de combustible y creciente tensión social, Rodríguez intentó presentar al régimen como una víctima internacional y pidió apoyo urgente a los países presentes para frenar lo que describió como una posible “aventura militar” estadounidense.

Según dijo durante su intervención, Cuba estaría bajo una presión extrema debido a las sanciones de Washington y al bloqueo de suministros energéticos. El funcionario aseguró que la situación representa una amenaza no solo para la isla, sino también para la estabilidad regional.

Rodríguez afirmó que una acción militar contra Cuba provocaría “una catástrofe humanitaria” y habló incluso de posibles muertes tanto de cubanos como de jóvenes estadounidenses. Un discurso cargado de dramatismo que llega precisamente cuando el régimen enfrenta uno de los momentos más delicados de los últimos años.

Y es que mientras el canciller hablaba de amenazas externas en India, dentro de Cuba la realidad seguía marcada por apagones de hasta 22 horas diarias, protestas callejeras, déficit eléctricos récord y un descontento popular que no deja de crecer.

El jefe de la diplomacia cubana también rechazó varias medidas tomadas este año por la administración de Donald Trump, incluyendo sanciones relacionadas con el combustible y restricciones económicas contra entidades extranjeras que negocien con Cuba.

Además, insistió en negar que la isla represente una amenaza para Estados Unidos. “Es Cuba la nación amenazada y agredida”, sostuvo durante su discurso.

Como ya es habitual en la narrativa oficial, Rodríguez responsabilizó al embargo estadounidense de prácticamente todos los problemas internos del país: apagones, dificultades para bombear agua, escasez de gas licuado, crisis del transporte y deterioro de los servicios médicos.

Sin embargo, para muchísimos cubanos dentro y fuera de la isla, el discurso vuelve a chocar con una realidad que lleva décadas acumulando destrucción económica, falta de inversiones, corrupción estatal y un sistema incapaz de sostener siquiera los servicios básicos.

La intervención del canciller ocurre justo cuando Cuba atraviesa una de las peores crisis energéticas de su historia reciente. El país ha llegado a registrar déficits superiores a los 2,100 MW, mientras provincias enteras sobreviven prácticamente desconectadas del sistema eléctrico nacional.

En paralelo, la tensión política entre Washington y La Habana ha subido de tono en las últimas semanas.

El 2 de mayo, Trump aseguró que podría tomar control de Cuba “casi de inmediato” si fuera necesario. Días después, el 5 de mayo, habló sobre la posibilidad de desplegar el portaaviones USS Abraham Lincoln cerca de la isla. Y el 12 de mayo, el secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, declaró ante el Congreso que Cuba representa una amenaza para la seguridad nacional.

Mientras tanto, Rodríguez aprovechó la reunión de los BRICS para agradecer públicamente el respaldo político de China, Rusia, Vietnam e India, aliados históricos del régimen cubano.

También propuso crear un repositorio científico y tecnológico dentro del bloque BRICS enfocado en proyectos para el llamado “Sur Global”, intentando reforzar la narrativa de alianzas alternativas frente a Occidente.

Pero quizás lo más llamativo ocurrió fuera del discurso oficial.

El mismo Bruno Rodríguez que hace apenas dos días calificó como una “fábula” la propuesta de ayuda humanitaria estadounidense por 100 millones de dólares, terminó diciendo este jueves que Cuba está “dispuesta a escuchar” esa oferta.

El cambio de tono no pasó desapercibido.

Muchos interpretan el giro como una señal de la desesperación creciente dentro del régimen ante el deterioro económico, las protestas populares y el colapso energético que ya resulta imposible ocultar con consignas políticas o discursos antiimperialistas reciclados.