El periodista Ernesto Morales soltó en redes una de esas publicaciones que parecen chiste… pero llevan veneno del bueno. Con su estilo afilado, convirtió un concierto del trovador oficialista Raúl Torres en Alamar en una supuesta “sanción” por no pagar impuestos, y la gente, como era de esperar, no tardó en engancharse.
Desde la primera línea, el tono venía cargado. Morales escribió que el concierto había sido “cometido” como consecuencia del atraso en obligaciones tributarias, como si fuera una multa cultural. Una mezcla de burocracia y absurdo que pinta demasiado bien la realidad cubana, donde todo termina sonando a castigo disfrazado.
El relato sigue subiendo de nivel cuando sugiere, sin despeinarse, que este tipo de “medidas” podría aplicarse en otros barrios. Como quien dice: si no pagas, te mandan un concierto. La ironía aquí no es solo humor, es una crítica directa a cómo el sistema convierte cualquier cosa en mecanismo de presión o control.
Pero donde el post se pone sabroso de verdad es en el cierre. Según la historia, el cantante terminó enumerando las canciones que no interpretó “por si tenía que regresar”. Y ahí mismo, según Morales, los vecinos quedaron tan “impactados” que prometieron caer temprano en la ONAT. Puro sarcasmo, pero con ese filo que corta.
La publicación corrió como pólvora en redes sociales. Muchos la celebraron por su ingenio, otros la leyeron como una crítica elegante al aparato estatal. Porque más allá de la risa, lo que queda claro es que el cubano ya está cansado del teatro oficial, donde cultura, política y control se mezclan sin ningún pudor.
En el fondo, lo que hizo Morales fue retratar, con humor criollo, una verdad incómoda: en Cuba todo puede convertirse en propaganda… o en castigo. Y cuando eso pasa, lo único que le queda al pueblo es reírse. Porque como decimos en la calle, si no te ríes, te vuelves loco.

