Cuba compró a Estados Unidos más de 11 millones de dólares en combustibles en el primer trimestre del 2026 ¿A dónde fue a parar?

En medio del desastre energético que tiene a Cuba sumida en apagones interminables, salió a la luz un dato que deja al descubierto otra enorme contradicción del régimen: la Isla compró más de 11,6 millones de dólares en combustibles y aceites procedentes de Estados Unidos durante los primeros tres meses de 2026.

La cifra, publicada por el Consejo Económico y Comercial EE.UU.-Cuba, refleja cómo las importaciones energéticas desde territorio estadounidense se han disparado mientras el país vive una de las peores crisis eléctricas de su historia.

Lo más llamativo es que la mayor parte de esas compras ocurrió en marzo, cuando el monto superó los 8,7 millones de dólares. En enero apenas se registraban operaciones mínimas y en febrero el volumen todavía era relativamente bajo. Pero en cuestión de semanas, el flujo creció de manera acelerada.

Los envíos salen principalmente desde Houston-Galveston, Miami y Nueva Orleans, y oficialmente están destinados al sector privado cubano. Todo esto ocurre bajo una licencia federal estadounidense que prohíbe expresamente que el combustible termine en manos del gobierno cubano, las Fuerzas Armadas o empresas estatales vinculadas al régimen.

Sin embargo, en Cuba todo termina rozando de una forma u otra el aparato controlado por el poder. Porque aunque las importaciones se presenten como apoyo al sector privado, el régimen siempre encuentra la manera de meter la mano, cobrar comisiones o controlar la operación mediante intermediarios estatales.

Entre los productos importados destacan aceites derivados del petróleo y combustibles ligeros, principalmente enviados desde Texas. También aparecen compras de gasolina desde Miami, incluyendo combustible utilizado por vehículos modernos importados desde Estados Unidos.

Según datos citados por Reuters, hasta finales de marzo habían llegado a Cuba alrededor de 30 mil barriles de combustible destinados al sector no estatal. Los cargamentos arribaron principalmente al puerto del Mariel mediante decenas de contenedores especiales transportados por buques comerciales.

Entre los beneficiados aparecen panaderías privadas, pequeños distribuidores urbanos y plataformas comerciales como Supermarket23. Y ahí vuelve a surgir otra ironía bien cubana: incluso negocios relacionados con familias históricamente vinculadas al castrismo terminan aprovechando la apertura mientras el cubano común sigue haciendo colas eternas y cocinando a oscuras.

Todo esto ocurre mientras el sistema energético cubano prácticamente se cae a pedazos.

La situación empeoró dramáticamente después de que Venezuela dejara de enviar petróleo subsidiado tras la caída de Nicolás Maduro en enero de 2026. Poco después, México también suspendió sus exportaciones hacia Cuba debido a las presiones de Washington.

La administración de Donald Trump endureció todavía más el cerco con nuevas sanciones contra países y compañías que suministren petróleo al régimen cubano. La medida provocó que muchos proveedores internacionales simplemente se alejaran para evitar represalias económicas.

Hoy Cuba necesita más de 100 mil barriles diarios para sostener su consumo energético, pero la producción nacional apenas cubre una parte del problema. El resultado está a la vista: apagones de hasta 30 horas, transporte colapsado, industrias paralizadas y una población agotada física y mentalmente.

Mientras tanto, el régimen sigue intentando vender el discurso de la “resistencia heroica”, aunque la realidad demuestra otra cosa: una economía quebrada que ahora depende incluso del combustible estadounidense para evitar el colapso total.

Washington autorizó estas exportaciones exclusivamente para actores privados cubanos, dejando fuera al Estado y a los militares. Pero dentro de Cuba, las MIPYMES están obligadas a importar mediante empresas controladas por el propio régimen, como QUIMIMPORT y MAPRINTER.

Ahí es donde aparece nuevamente el negocio del poder. CUPET impone tarifas adicionales que disparan el precio final del combustible hasta superar los 2,50 dólares por litro, una cifra absurda para un país donde el salario promedio apenas alcanza para sobrevivir unos días.