Una cubanoamericana encendió las redes este viernes tras publicar un video en X donde lanza una acusación fuerte contra Donald Trump, al llamarlo “dictador”. Pero lo que parecía una simple opinión terminó convirtiéndose en una tormenta de críticas que dejó al descubierto las tensiones y contradicciones dentro del exilio cubano.
Todo arrancó a raíz del anuncio de una edición especial de pasaportes estadounidenses con la imagen de Trump, prevista para 2026 como parte del aniversario 250 de la independencia. Una iniciativa simbólica que, lejos de pasar desapercibida, ha generado ruido… y bastante.
En el video, la mujer muestra su pasaporte y suelta sin filtro que espera que para 2034 “ese dictador” ya no esté. Incluso dice que preferiría ver a Mickey Mouse antes que la cara del expresidente en el documento. El tono sube aún más cuando afirma que no le sacará pasaporte a su hija si lleva esa imagen, defendiendo su decisión como un derecho personal.
Hasta ahí, una opinión más. Pero internet no perdona.
Las respuestas no se hicieron esperar, y la mayoría fue directa al punto: muchos usuarios cuestionaron la lógica de hablar de dictadura viviendo en Estados Unidos, un país donde, precisamente, ese mismo video puede publicarse sin consecuencias.
Una de las reacciones más compartidas, de la usuaria Mayra Domínguez, dejó claro el sentir de muchos: hablar de dictadura desde la libertad no solo suena contradictorio, sino desconectado de la realidad de quienes sí han vivido bajo un sistema sin derechos básicos.
Otros comentarios fueron más duros, señalando que si alguien se siente tan incómodo, siempre existe la opción de renunciar a la ciudadanía. Y también hubo quienes aprovecharon para abrir un debate más profundo: la relación histórica del cubano con la democracia y cómo eso influye en estas posturas.
Lo cierto es que este episodio vuelve a poner sobre la mesa una división evidente dentro del exilio cubano, especialmente en Miami. Por un lado, quienes respaldan a Trump por su línea dura contra el régimen en Cuba. Por el otro, sectores —muchos más recientes en Estados Unidos— que lo critican por decisiones migratorias que los afectan directamente.
Pero hay algo que pesa más que cualquier postura política: la comparación con una dictadura real.
Para quienes han vivido bajo el control del castrismo, donde no hay elecciones libres, ni prensa independiente, ni derecho a protestar sin miedo, usar ese término a la ligera genera rechazo inmediato. No es teoría… es experiencia.
Mientras tanto, la polémica también ha salpicado a nivel nacional. Figuras como Desirée Cormier Smith han cuestionado la idea de incluir a un presidente vivo en un pasaporte, calificándolo como algo más cercano a un culto que a una democracia.

