De guateque a matanza: el oscuro origen de la frase cubana «la fiesta del Guatao»

En Cuba, cuando algo se va de control y termina en bronca, más de uno suelta aquello de “esto parece la fiesta del Guatao”. Pero detrás de esa frase tan criolla hay una historia que mezcla música, tragos… y también sangre.

Una de las versiones, la más “suavecita”, pinta un cuadro casi pintoresco. En el Guatao, un pueblito habanero, se armaban guateques todos los fines de semana en casa de una mujer conocida como Mamá Kindimba. Allí caían trovadores, músicos, poetas y hasta obreros de los ingenios cercanos. Cada cual llevaba su botellita, el aguardiente corría sin freno y la cosa se iba calentando entre décimas y controversias.

Hasta que un día, lo que empezó en verso terminó en golpes. Dos bandos se formaron y lo que no resolvieron con palabras lo arreglaron a puñetazos… y quién sabe si algo más. De ahí, según esta historia, nació la famosa expresión.

Pero hay otra versión, mucho más cruda y que muchos historiadores consideran la real. Nada de fiesta ni guateque. En 1896, en plena guerra de independencia, el Guatao fue escenario de una represión brutal por parte de tropas españolas.

Según los relatos, unos 200 soldados entraron al pueblo y descargaron su furia contra los vecinos, acusados de apoyar a los mambises. El saldo fue devastador: varios muertos y decenas de heridos, dejando una huella que no se borra fácil.

Lo más fuerte es que, tras la matanza, los simpatizantes del régimen colonial empezaron a usar la frase “fiesta del Guatao” como una especie de amenaza. Era como decir: cuidado, que aquí también puede pasar lo mismo si te rebelas.

Sea cual sea la versión que uno crea, lo cierto es que la expresión se quedó pegada al habla popular. Hoy se usa en tono casi jocoso, pero su origen recuerda algo muy cubano: cuando la cosa se calienta, puede terminar mal… bien mal.

Y así, entre cuento y realidad, el Guatao pasó de ser un rincón tranquilo a convertirse en símbolo de desorden, conflicto y, como diría cualquiera en la calle: una candela que nadie pudo apagar.