Miguel Díaz-Canel volvió a subir el tono, pero esta vez no para hablar de soluciones, sino para repartir etiquetas. Durante el cierre del Encuentro Internacional de Solidaridad con Cuba, celebrado en el Palacio de las Convenciones de La Habana, el gobernante calificó al gobierno de Donald Trump como “fascista”, en un discurso cargado de consignas ante cientos de invitados extranjeros.
El evento reunió a más de 700 delegados de decenas de países, un escenario perfecto para repetir el guion de siempre. Frente a ese público, Díaz-Canel apostó por la confrontación ideológica, desviando la atención de la crisis interna que golpea a los cubanos todos los días.
Porque mientras arriba se habla de enemigos externos, abajo la realidad es otra bien distinta. Escasez, apagones interminables y una economía en caída libre son el pan de cada día en la isla. Pero de eso, en estos eventos, se habla poco o nada.
El discurso no sorprendió. Forma parte de una narrativa que el régimen lleva décadas reciclando: culpar a Estados Unidos de todos los problemas, mientras evita asumir responsabilidades por el desastre interno. Una estrategia que cada vez convence menos, incluso dentro del propio país.
En medio de este escenario, el uso de términos como “fascista” parece más un intento de calentar el ambiente político que una propuesta concreta. Mucho ruido, pero pocas soluciones reales para una población que sigue lidiando con lo básico.
El detalle no menor es el público. La mayoría de los asistentes eran representantes extranjeros, muchos alineados ideológicamente, lo que convierte el evento en una especie de vitrina política donde el régimen proyecta una imagen que poco tiene que ver con la vida cotidiana en Cuba.

