El Mataperros: de asesino condenado a verdugo temido en Cuba

En la Cuba colonial no faltaban historias duras… pero pocas tan impactantes como la de José María Peraza, conocido como El Mataperros. Su vida parece sacada de una novela oscura, donde la justicia y la supervivencia se mezclan de una forma brutal.

Todo comenzó en 1767, cuando Peraza fue condenado a morir en la horca tras asesinar a su esposa. El problema era que en Trinidad no había verdugo para ejecutar la sentencia, y sin ese “detalle”, la justicia simplemente no podía avanzar. Intentaron traer uno desde Santa Clara, pero el hombre murió en el camino. Cosas de la época… o del destino.

Ahí fue cuando Peraza soltó la jugada: propuso convertirse él mismo en verdugo a cambio de salvar su vida. Y lo increíble es que aceptaron. Así, de condenado a muerte pasó a ser el encargado de ejecutarla.

Con el tiempo, se ganó fama —y miedo— por su habilidad con la soga. Se convirtió en el brazo ejecutor de la ley en una época marcada por el bandolerismo. Su nombre empezó a correr por toda la región, y no precisamente por cosas buenas.

Dicen que tenía métodos… digamos, “directos”. No siempre se limitaba a dejar caer al reo. A veces aceleraba el final con una frialdad que helaba la sangre, buscando que todo terminara rápido, aunque el espectáculo fuera macabro.

Pero la vida, como siempre, da giros raros. En una de esas ejecuciones, la cuerda se rompió y el condenado sobrevivió. La gente gritó “milagro” y le perdonaron la vida. Un momento que dejó claro que ni siquiera la muerte era segura en manos de Peraza.

Curiosamente, el hombre no se quedaba con el dinero que ganaba. Lo repartía entre los pobres y mandaba a hacer misas por las almas de los ejecutados. Una contradicción total: verdugo temido… pero con gestos de redención.

Con los años dejó la horca y pasó a trabajar como mataperros del pueblo, de ahí su apodo. Ya viejo, vivía apartado, sembrando lo poco que podía y sobreviviendo gracias a la caridad. La gente lo ayudaba… pero sin mirarlo a la cara, como si su pasado todavía pesara demasiado.

Murió en 1847 con más de 100 años, cargando una historia que mezcla violencia, culpa y supervivencia. Porque si algo deja claro esta historia es que en Cuba, incluso en los tiempos más duros, la realidad siempre supera la ficción.