En Cuba, hablar claro no siempre es la norma… y por eso mismo nacen frases que dicen mucho sin decirlo todo. Una de las más populares es esa que todos hemos soltado alguna vez: “la gatica de María Ramos, que tira la piedra y esconde la mano”.
Detrás de ese dicho, asere, hay una historia bien turbia, salida de la misma entraña de La Habana antigua.
Todo arranca en el barrio de Jesús María, en Centro Habana, donde vivía María Ramos, una mujer conocida por su belleza y su vida ligada a la prostitución. No era cualquier figura del barrio… era de las que todo el mundo conocía y comentaba.
Un día, la cosa se puso fea. Su pareja, Virgilio —quien además era su proxeneta— apareció muerto dentro de la casa. Un golpe en la frente lo dejó en el piso, sin más cuento. Y justo al lado, como si fuera una burla, estaba la piedra de machacar… llena de sangre.
Ahí mismo empezó el teatro.
María fue llevada ante un juez, y lejos de venirse abajo, soltó una defensa que parecía sacada de una comedia negra. Dijo que ella no tenía nada que ver, que estaba trabajando… y que la única “sospechosa” era su gatica Mimí.
Sí, así mismo. Le echó la culpa a un gato.
La escena provocó risas, pero también marcó historia. Al día siguiente, el caso salió en Diario de la Marina con una caricatura de la famosa gata y una frase que se quedó pegada en la cultura popular:
“La gatica de María Ramos dio la fatal pedrada… pero ¿con qué manos?”
Y ya tú sabes cómo es Cuba… de ahí salió el chisme, el relajo y el verso que corrió como pólvora:
“La gatica de María Ramos,
que tira la piedra y esconde la mano…”
Desde entonces, esa frase se convirtió en un retrato perfecto del descaro y la doble cara. Una manera elegante —o no tanto— de señalar al que hace daño y después se hace el inocente.
Al final, María no convenció a nadie. Terminó pagando con años de cárcel, porque ni el juez ni el barrio entero se tragaron el cuento de la gata asesina.
Y así, entre crimen, chisme y mucha guapería habanera, nació uno de los dichos más sabrosos —y más directos— del lenguaje cubano.
Porque aquí, mi hermano… el que tira la piedra, tarde o temprano se le ve la mano.

