Llegar a viejo en Cuba se ha convertido en una condena silenciosa. Así lo reflejan los testimonios recogidos en un reportaje de Diario de Cuba, donde varios jubilados describen una realidad tan dura como humillante: la pensión se les evapora en apenas unos días y después empieza la lucha desesperada por sobrevivir.
“Ese dinero cuando cae en mis manos a los cinco o seis días ya desapareció”, contó uno de los entrevistados, resumiendo el drama diario de miles de ancianos cubanos que trabajaron toda una vida para terminar abandonados por el mismo sistema que les prometió seguridad y dignidad.
Hoy la escena es tristemente común en las calles de la isla. Personas mayores rebuscando en la basura, recogiendo latas, cargando sacos o pidiendo ayuda en las esquinas para poder comer algo. Muchos caminan bajo el sol durante horas buscando cualquier manera de completar unos pesos más.
Uno de los testimonios del reportaje lo describe sin maquillaje: ancianos “deambulando, pidiendo limosna o haciendo lo que aparezca” porque simplemente no tienen otra opción para sobrevivir.
Y no es exageración. Los precios en Cuba hace rato se volvieron imposibles para cualquier jubilado. Una simple croqueta puede costar 150 pesos y un pan 140. Salir con 2,000 pesos a la calle es prácticamente salir con nada.
“Usted sale con dos mil pesos y regresa sin dinero”, explicó otro jubilado. Y la pregunta que lanzó después golpea como un martillazo: “¿Quién vive con eso?”
El régimen intentó vender en 2025 un supuesto alivio para los pensionistas aumentando la pensión mínima a 4,000 pesos mediante la Resolución 14/2025. Pero el anuncio duró menos que un caramelo en la puerta de una escuela. La inflación devoró el aumento casi de inmediato.
En cuestión de meses, esos 4,000 pesos ya equivalían a menos de diez dólares en el mercado informal. Poco después, ni siquiera llegaban a siete. O sea, mientras el gobierno hablaba de “protección social”, el bolsillo de los jubilados seguía cayendo en picada.
Los datos económicos dejan claro el desastre. La inflación oficial de alimentos superó el 16 % interanual en marzo de 2026, aunque economistas independientes aseguran que la inflación real fue muchísimo peor y rondó cerca del 70 % durante 2025.
Mientras tanto, la canasta básica mensual en La Habana supera los 12,000 pesos por persona. Tres veces más que la pensión mínima “ajustada” por el régimen.
Y claro, la mayoría de los jubilados no tiene más remedio que seguir trabajando aunque ya no tengan fuerzas ni salud. Una encuesta realizada en cinco provincias reveló que más del 90 % continúa buscando ingresos después del retiro, casi siempre en la economía informal.
Muchos venden cualquier cosa, hacen mandados, cuidan carros o inventan como pueden para no morirse literalmente de hambre. Porque en Cuba retirarse no significa descansar; significa empezar otra batalla.
El deterioro del sistema de salud hace todavía más cruel la situación. Medicamentos básicos desaparecieron de las farmacias o se volvieron inalcanzables. Un jubilado contó que el Prevenor, que antes costaba apenas unos pesos, ahora prácticamente no aparece y cuando aparece tiene precios absurdos.
Entre el dólar disparado, la escasez y el colapso sanitario, cada mes que pasa las pensiones valen menos y la vida cuesta más.
Lo más doloroso es el sentimiento de abandono total que reflejan muchos ancianos. Algunos aseguran que nadie del Estado visita sus casas ni pregunta cómo sobreviven.
“Con las personas mayores deberían tener más consideración”, reclamó uno de ellos. Otra mujer confesó que vive completamente sola y que jamás ha recibido una visita oficial para interesarse por sus condiciones de vida.
Y la tragedia lleva años acumulándose. En marzo de 2024, un anciano se desplomó en Santiago de Cuba mientras hacía cola para cobrar su jubilación bajo el sol. Aquella imagen recorrió las redes y terminó convirtiéndose en símbolo de la miseria extrema que viven miles de pensionados en el país.
Al final, una frase de uno de los entrevistados resume perfectamente el drama de toda una generación: “Nos falta atención y cuidado”.
Y cuesta no pensar en la amarga ironía de todo esto. Después de décadas trabajando, sacrificándose y escuchando discursos sobre igualdad y justicia social, muchísimos jubilados cubanos hoy terminan sobreviviendo entre hambre, apagones y abandono absoluto.

