Lansky en Cuba: lujo, apuestas… y un país convertido en negocio

Cuando se habla de mafia en Cuba, hay un nombre que no falla en la memoria de los que vivieron aquella época: Meyer Lansky. A mediados de los años 50, este personaje no solo visitaba la isla como turista de lujo, sino que prácticamente movía los hilos del negocio del juego en La Habana, metiendo dinero, contactos y estrategia para levantar casinos por toda la ciudad.

Y ojo, porque no era cualquier cosa. Lansky fue clave en convertir a Cuba en un centro de apuestas y entretenimiento al estilo Las Vegas, justo antes de que todo cambiara con la llegada del régimen. Mientras el país vivía entre brillo y desigualdad, la mafia hacía su agosto sin mucho estrés.

Hablar de esa etapa sin mencionar a Lansky es como contar un dominó sin fichas. Su influencia se sintió fuerte en hoteles emblemáticos como el Nacional, el Capri y el Riviera. Allí, entre luces, música y dinero fácil, se cocinaba un negocio millonario que tenía más de sombra que de glamour.

El Hotel Nacional, por ejemplo, no solo era lujo puro, también fue escenario de una reunión histórica en 1946 donde los grandes capos de la mafia estadounidense se sentaron a dividirse el negocio como si fuera un cake de cumpleaños. Así, sin pena ni gloria, se repartieron territorios y poder.

Ya para 1955, el hotel amplió su estructura y abrió un casino bajo el nombre de Wilbur Clark. Aquello era puro espectáculo: mesas, ruletas, tragamonedas y una clientela que salía directamente del cabaret El Parisien. Todo bajo la supervisión de la gente de Lansky, que no dejaba nada al azar.

A solo una cuadra, el Hotel Capri también se sumaba al juego. Aunque oficialmente el casino estaba vinculado a otros nombres, la sombra de Lansky seguía ahí. Su hermano estaba metido en la operación, lo que dejaba claro que el control real no siempre coincidía con el papel firmado.

El Capri tenía su propio gancho: el actor George Raft recibiendo a los clientes como si aquello fuera Hollywood. Música en vivo, fichas gratis y ambiente de lujo. Todo diseñado para que el dinero corriera… y corría, vaya si corría.

Pero si hubo una joya en ese imperio, fue el Hotel Riviera. Ahí Lansky apostó fuerte, buscando ganancias grandes y rápidas. El casino era enorme, lleno de máquinas y mesas, y hasta el sonido de las fichas estaba pensado para atraer más jugadores. Un negocio afinado al detalle, donde cada ruido era parte del juego.

Detrás de todo ese brillo, lo que había era una realidad incómoda: Cuba convertida en tablero de intereses ajenos, donde el dinero extranjero y la mafia encontraban terreno fértil. Un país que, mientras unos celebraban, otros simplemente miraban desde afuera.

Y como dicen en buen cubano: aquello estaba “bueno pa’ unos pocos… y malo pa’ la mayoría”.