MINFAR advierte que en caso de invasión de EE.UU. «la orden de alto al fuego nunca será dada»

El régimen cubano sigue apostando por la retórica militar mientras el país se hunde en una de las peores crisis de su historia. En las últimas horas, el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias publicó en redes sociales varios mensajes cargados de tono bélico que han disparado las alarmas sobre el rumbo cada vez más agresivo del discurso oficial.

Las publicaciones aparecieron en Facebook y no pasaron desapercibidas. En una de ellas, el MINFAR rescató una vieja frase de Fidel Castro asegurando que jamás se daría una orden de alto al fuego si eso significaba “claudicar ante el enemigo”. El mensaje venía acompañado por la imagen del lanzamiento de un misil, como si Cuba estuviera al borde de una película de guerra y no de un colapso económico total.

Poco después llegó otra publicación todavía más intensa. Esta vez el ministerio soltó una frase donde afirmaba que para Cuba solo existe una alternativa: “la victoria o la muerte”, acompañando el texto con la foto de un francotirador apuntando directamente con su rifle.

Mientras tanto, el cubano de a pie sigue apuntando… pero al ventilador apagado para ver si por milagro vuelve la corriente.

Todo esto forma parte de una campaña propagandística que el régimen ha venido aumentando desde que declaró el 2026 como el llamado “Año de Preparación para la Defensa”. Desde entonces, el lenguaje militar, las amenazas y las consignas de resistencia se han vuelto prácticamente rutina en medios oficiales y redes controladas por el Estado.

La frase sobre no rendirse ya había sido utilizada anteriormente por estructuras militares del país. Incluso el Ejército Central llegó a publicar que “vale más morir que caer prisionero”, repitiendo ese viejo discurso épico que el castrismo recicla cada vez que necesita crear sensación de asedio externo.

Pero la realidad dentro de Cuba cuenta otra historia mucho menos heroica.

El aumento de esta retórica coincide con el endurecimiento de las sanciones impulsadas por Donald Trump contra el régimen cubano. A inicios de mayo, Washington amplió medidas económicas dirigidas a sectores clave como energía, defensa, minería y finanzas, acumulando ya cientos de sanciones desde principios de año.

Trump incluso afirmó recientemente que Estados Unidos podría tomar el control de Cuba “casi de inmediato”, mencionando además el posible despliegue del portaaviones USS Abraham Lincoln frente a las costas cubanas.

Días después volvió a subir el tono asegurando que “sería un honor liberar Cuba”, declaraciones que en La Habana cayeron como gasolina sobre candela.

La reacción del régimen no tardó. Miguel Díaz-Canel advirtió recientemente sobre una supuesta agresión militar inminente y aseguró que ningún enemigo encontraría rendición en la isla. Otra vez el mismo libreto de resistencia eterna mientras el país literalmente se desmorona.

Porque la contradicción es brutal.

Por un lado, los dirigentes hablan de guerra, victoria y sacrificio revolucionario. Pero por el otro, millones de cubanos sobreviven entre apagones interminables, falta de alimentos, escasez de medicinas y una migración masiva que ha vaciado barrios enteros de jóvenes.

En muchas provincias los cortes eléctricos ya superan las 20 horas diarias. El transporte está destruido, el combustible desaparecido y conseguir comida básica se ha convertido en una batalla diaria mucho más real que cualquier invasión extranjera.

Y aun así, el aparato político insiste en vender la idea de una confrontación militar como si el principal problema del país fuera un enemigo externo y no el desastre acumulado tras décadas de control absoluto.

El propio Consejo de Defensa Nacional, encabezado por Raúl Castro, aprobó recientemente planes vinculados a un posible “Estado de Guerra”. Una decisión que muchos interpretan más como herramienta de control político que como una respuesta realista a un escenario militar.

Mientras tanto, en la calle la conversación es muy distinta. Cada vez más cubanos ven estas campañas del MINFAR como propaganda desesperada de un sistema agotado que intenta mantener cohesionada a su base a través del miedo y la tensión permanente.