Régimen afirma tener el apoyo del 81% de los cubanos mayores de 16 años tras su campaña de «Mi Firma por la Patria»

El régimen cubano volvió a sacar pecho este jueves con otra de sus campañas de propaganda política. La Comisión de Relaciones Internacionales de la Asamblea Nacional aseguró que más de 6,2 millones de cubanos firmaron en respaldo a la llamada “Revolución Socialista” y al Gobierno, una cifra que La Habana vende como un supuesto apoyo del 81 % de la población mayor de 16 años.

La campaña, bautizada como “Mi Firma por la Patria”, fue lanzada por el Partido Comunista el pasado 19 de abril, aprovechando el aniversario número 65 de Playa Girón. Pero detrás del discurso patriótico, el documento firmado incluía algo mucho más delicado: el compromiso de defender al régimen incluso “con las armas” ante una presunta agresión militar de Estados Unidos.

O sea, no era simplemente una firma simbólica de apoyo. Era una adhesión política e ideológica a la narrativa oficial del castrismo en uno de los momentos más tensos que vive Cuba en años.

La cifra anunciada por la Presidencia fue exactamente de 6.230.973 firmas, un número que inmediatamente levantó dudas dentro y fuera de la Isla. Cuba apenas supera los 11 millones de habitantes contando niños, ancianos y emigrados temporales, por lo que muchos se preguntan de dónde salen realmente esos porcentajes que el régimen intenta vender como “respaldo popular”.

Y claro, como ya es costumbre en este tipo de campañas oficiales, comenzaron a aparecer denuncias de presiones y amenazas en centros laborales y estudiantiles.

Trabajadores estatales aseguraron que los jefes exigían cumplir cuotas mínimas de firmas para evitar problemas con “los de arriba”. En varias provincias circularon testimonios donde empleados afirmaban que no firmar equivalía prácticamente a marcarse políticamente.

“Si no firmas, ya tú sabes… pa’ la calle”, contó un cubano de Matanzas en uno de los testimonios compartidos en redes.

Las presiones no se limitaron a empresas estatales. También hubo reportes similares en universidades, escuelas, bodegas y hasta en estructuras de los CDR. Todo muy “voluntario”, pero con el miedo respirándote en la nuca, como tantas veces ha pasado en Cuba.

La puesta en escena oficial tampoco ayudó mucho a sostener la narrativa de “espontaneidad popular”. Cuando entregaron los libros de firmas durante el acto del Primero de Mayo en La Habana, la primera rúbrica visible era la de Raúl Castro, seguida por Miguel Díaz-Canel y otros dirigentes del aparato político.

Aquello terminó pareciendo más una ceremonia de obediencia política que una iniciativa ciudadana genuina.

El evento se realizó frente a la Embajada de Estados Unidos en el Malecón habanero y no en la tradicional Plaza de la Revolución, algo que el régimen justificó con el discurso de la “austeridad”, aunque muchos cubanos lo interpretaron como otra señal de la crisis profunda que atraviesa el país.

Mientras tanto, Díaz-Canel sigue alimentando el discurso de confrontación. Apenas días atrás habló ante delegados extranjeros sobre una supuesta amenaza militar inminente de Washington y volvió a desempolvar la doctrina de la “Guerra de Todo el Pueblo”, llegando incluso a afirmar que “cada cubano tiene un fusil”.

La película no es nueva. En 2002, Fidel Castro impulsó otra gigantesca recogida de firmas para declarar el socialismo “irrevocable” en la Constitución cubana, justo después de que Oswaldo Payá presentara el Proyecto Varela pidiendo reformas democráticas y libertades básicas.

Más de dos décadas después, el libreto se repite casi igualito, pero en un país mucho más destruido, más vacío y más cansado.

Porque mientras el régimen intenta exhibir firmas como trofeos políticos, la realidad en la calle sigue siendo demoledora. Cuba enfrenta una de las peores crisis económicas de su historia reciente, con apagones de hasta 25 horas, escasez extrema de alimentos, inflación disparada y un éxodo masivo que no se detiene.

Y en medio de ese desastre, el castrismo vuelve a apostar por lo único que nunca le falta: propaganda, miedo y control político.