En Cuba sobran las historias curiosas, pero pocas tan pintorescas como la de Rita Salazar, la mujer que, según cuentan, inspiró aquella famosa guaracha de Los Compadres: “Cómo baila Rita, la Caimana”. Y sí, no es cuento… o al menos eso asegura la tradición popular.
Rita era una figura conocida en Bayamo. Andaba por las calles con un tumbao único, bailando, riendo y robándose la atención de todo el mundo. No necesitaba escenario ni luces: su talento era puro barrio. El pueblo la miraba, la aplaudía… y poco a poco la convirtió en parte del paisaje cotidiano.
Muchos la recuerdan refrescándose en el río en esas tardes calientes del oriente cubano. Otros la evocan jugando con los niños en el callejón del reparto Ciro Redondo. Tenía ese carisma que no se aprende, que simplemente se tiene, y que conecta con la gente sin esfuerzo.
Pero no todo era alegría. También se hablaba de sus momentos difíciles. Algunos decían que estaba “media loquita”, otros que simplemente era una mujer golpeada por la vida, con una historia dura detrás. Incluso hay quien duda de su existencia, como si fuera más leyenda que realidad.
Lo cierto es que Rita vivió. Y vivió como pudo.
Se dice que andaba con sus hijos pidiendo ayuda, pero siempre priorizaba a los pequeños antes que a ella misma. Una madre que, en medio de la necesidad, no perdía su instinto ni su dignidad.
Sus últimos años los pasó en un hogar de ancianos en Bayamo, donde llegó en 1979. Allí estuvo más de una década, y quienes la conocieron en esa etapa coinciden en algo: seguía siendo pura energía. Con su forma de ser, alegraba el ambiente y dejaba huella en quienes la rodeaban.
Murió a los 96 años, dejando atrás una vida que mezcla realidad, mito y cultura popular. Porque Rita no fue solo una mujer de la calle. Se convirtió en símbolo, en parte del folclor de una ciudad que la adoptó como suya.
Y como dice la canción: “Bayamo tiene dos cosas…”. Una historia grande… y una Rita que nadie olvida.
Hoy, su figura vive en el Museo de Cera de la ciudad, recordando que no solo los grandes nombres hacen historia. A veces, los personajes más humildes son los que terminan marcando el alma de un pueblo.

