El presidente Donald Trump volvió a poner a Cuba en el centro del tablero este lunes, y no precisamente con palabras suaves. En una entrevista telefónica, dejó caer otra vez la idea de mover el portaaviones USS Abraham Lincoln hasta las mismas narices de la isla, aunque dejó claro que cualquier jugada vendría después de cerrar el capítulo con Irán.
Con su estilo directo, Trump pintó el escenario sin rodeos: colocar ese gigante militar a pocos metros de la costa cubana y simplemente observar. Pero más allá de la imagen, lo que soltó fue más fuerte todavía. Describió a Cuba como un país completamente destruido, y llegó a decir que “sería un honor liberarlo”. Una frase que, en medio de tanta tensión, no pasa desapercibida.
El mandatario también sacó a relucir el respaldo que asegura tener dentro de la comunidad cubana en Estados Unidos. Aunque infló los números como acostumbra, lo cierto es que su apoyo entre cubanoamericanos ha sido alto, algo que utiliza como argumento para justificar su postura dura frente al régimen.
Eso sí, dejó claro el orden de prioridades. Primero Irán, después Cuba. Como quien va tachando pendientes en una lista, pero en versión geopolítica. Y no es la primera vez que suelta esa línea. Ya días antes había hablado de una intervención “casi inmediata” tras terminar con el conflicto en Medio Oriente, repitiendo el mismo guion del portaaviones frente a la isla.
Mientras tanto, el USS Abraham Lincoln sigue desplegado en el Mar Arábigo, formando parte de operaciones militares en curso. Pero el simple hecho de mencionarlo en relación con Cuba ya enciende todas las alarmas.
Todo esto ocurre en un contexto donde la presión sobre La Habana no ha parado de crecer. Nuevas sanciones, más restricciones, y un golpe directo a sectores clave de la economía controlada por el régimen. El resultado ya se siente en la calle: apagones interminables, escasez brutal y un país que se cae a pedazos.
Desde el lado cubano, la respuesta no ha cambiado mucho. Miguel Díaz-Canel sigue apostando por el discurso de confrontación, hablando de guerra y llamando a la población a prepararse como si estuvieran en una película de los años 60. Más consigna que solución, más miedo que estrategia.
El canciller también salió al paso con el típico guion de resistencia, asegurando que nadie los intimida. Pero la realidad en la isla cuenta otra historia muy distinta, una donde el pueblo paga el precio de decisiones que nunca tomó.
En medio de todo, algunas voces advierten que el escenario podría complicarse más de lo que parece, sobre todo por posibles vínculos con actores externos como Irán. Un juego peligroso que el régimen ha sabido manejar… hasta que deja de tener control.
Trump, por su parte, cerró con una comparación que deja ver cómo ve el asunto: lo que ocurre en Cuba, según él, no está tan lejos de lo que pasa en Irán. Y cuando mete a ambos países en la misma frase, el mensaje es claro: Washington está mirando, y no precisamente con paciencia.
La pregunta ya no es si la presión seguirá aumentando… sino hasta dónde están dispuestos a llevar esto.

