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La historia olvidada del perro invisible que causó terror por años en Matanzas

Entre las tantas leyendas que rondan a la provincia Matanzas, existe una particularmente curiosa: la del perro invisible.

Según se cuenta, corría el comienzo del año 1770 cuando una anciana llamada Ramonita Oramas, viuda de Solís, tenía como único compañero un enorme perro blanco llamado Capitán, el cual solía acompañarla todos los días a la iglesia y las esperaba en las afueras del templo.

Justamente en ese sitio, un día la señora lo encontró muerto. La pérdida de su inseparable compañero fue muy fuerte para ella. Sin embargo, lo realmente curioso se dice que comenzó a ocurrir al cabo de unas semanas.

Una noche, sintió los unos ladridos en el patio de su casa y reconoció al instante la llamada de su adorado perro. Salió y con gran sorpresa pudo ver que su mascota se encontraba allí, pero de inmediato se percató que su apariencia no era la de antes.

El pelo lo tenía blanco como con una luz y sus ojos eran azules y brillosos. Al siguiente año, ya en su lecho de muerte, la anciana confesó a sus amigas que había estado viendo todos los días a su perro, y que la Virgen le había otorgado vida eterna al noble animal para que protegiera a todas las almas buenas de la ciudad.

Todos pensaron que se trataba de un delirio de la anciana antes de su partida, pero estaban muy lejos de la verdad.

En marzo de 1771, el maestro don Pablo García vio un perro enorme de pelambre blanco y ojos luminosos azulados, que desapareció ante su vista. Unos ocho años después, en 1779, vio al can incorpóreo, el teniente de infantería don Dionisio Baldenoche. Y también tuvo su encuentro el alcalde de Matanzas, don Ignacio Lamar, y así lo atestiguó en el año 1801; igualmente aseguró tener esta visión, en 1815, el primer gobernador de Matanzas, brigadier don Juan Tirry.

De esta forma, el perro invisible de Matanzas se convirtió en una leyenda tan comentada, que el artista matancero Alejandro Odero pintó un cuadro recreando el tema y el poeta nacional, Bonifacio Byrne, dedicó un soneto a esta leyenda de la provincia de Matanzas

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