Guaracabulla, la aldea maldita en el mismo centro de Cuba

Redacción

Existen muchas historias en Cuba sobre pueblos cubanos que están embrujados y que han sucedido cosas inexplicables. Sin embargo, muy pocos llegan siquiera a rozar la mala suerte de Guaracabulla, que tan mala fortuna ha tenido que no pocos han llegado a asegurar que es una especie de aldea maldita.

Los cronistas dicen que el asentamiento ya existía cuando llegaron a él los colonizadores españoles, a quienes tanto llegó a gustar aquel sitio que decidieron asentarse allí y de paso esclavizar a los aborígenes cubanos que lo poblaban.

En aquel entonces el cacique Guara – Cabuya se opuso a los abusos cometidos por sus nuevos vecinos, pero estos lo condenaron a muerte. Antes que le quitaran la vida, el cacique lanzó una terrible maldición sobre el poblado y aseguró que esa tierra que les había sido arrebatada, nunca más volvería a ser próspera.

Por desgracia para los indios que habitaban Guaracabulla, ese fue uno de los primeros sitios en que los iberos encontraron oro. Tanta relevancia alcanzó el oro del poblado que el mismísimo Alonso Colmenares Hernández, ministro español de Gracia y Justicia, no quiso dejar nada a la suerte y se autoproclamó Marqués de Guaracabulla “por si las moscas” le tocaba algún derecho sobre los yacimientos.

Luego de haber sufrido no pocos abusos, el pueblo parecía que por fin comenzaba a levantar cabeza durante la primera mitad del siglo XIX. Progresó y llegó a tener dos ingenios, Laberinto y La Caridad. Su iglesia, fundada desde 1814, recibió al obispo Espada, que más tarde la privilegió con el óleo San Atanasio, del pintor neoclásico francés Juan Bautista Vermay, primer director de la entonces Escuela de Pintura San Alejandro.

No obstante, la felicidad duró poco. La maldición lanzada por el cacique volvió a hacerse sentir el 9 de abril de 1869, cuando los mambises cubanos le dieron candela al pueblo de arriba abajo.

Las llamas hicieron tantos estragos en el pueblo que vecinos y españoles tuvieron que salir huyendo hasta el fuerte de Placetas, donde fundaron el pueblo del mismo nombre.

Desde ese entonces Placetas fue siempre más importante y Guaracabulla volvió a caer una vez más en la miseria.

Los contados pobladores que decidieron no marcharse se fueron acostumbrando con el paso del tiempo a vivir en la precariedad y así sean mantenido hasta la fecha. La Autopista Nacional iba a traer cierto privilegio al pueblecito. Pero no la acercaron lo suficiente, y los carros siguen su camino sin conocer, ni siquiera por una señal, la proximidad del ecuador cubano.

Los carros eluden Guaracabulla; prefieren la vía más larga a la imposible. Un motor encendido es poco menos que un suceso. Las cafeterías, las gasolineras, las quincallas, los bares de antaño desaparecieron. La escuela pública, posiblemente el edificio más notable, fue barrida hace medio siglo para construir una mejor. (Más fuerte, no más bella).

Ya sea producto a la maldición de aquel Cacique o a la mala suerte que rodea al poblado, lo cierto es que Guaracabulla nunca más ha vuelto a “levantar cabeza.”