François Gamboa, el millonario que vivió como mendigo en Cuba

Redacción

François Gamboa, el millonario que vivió como mendigo en Cuba

En 1928 llegó a Cuba François Gamboa, quien presuntamente había salido huyendo de Europa luego de asaltar un banco y era buscado por las autoridades. También se supo que su nombre no era ese, por lo que resultaba que alguien llamado François no fuera francés sino italiano. Lo cierto es que con ese alias, para no ser descubierto, llegó meses más tarde a la entonces poco habitada Isla de Pinos.

Allí se dio a la tarea de comenzar a invertir en fincas, terrenos urbanos, una mueblería, una tienda en la que se vendía de todo y hasta una casa de empeños. Rápidamente fue identificado como uno de los hombres más ricos de la localidad, en la que también fomentó la construcción de viviendas en una comunidad en la que bautizó con su nombre: el reparto François.

Los registros históricos revelan que su fortuna fue millonarias, pero curiosamente no le hacía honor a ello, ya que siempre se le veía vistiendo literalmente como un pordiosero.

Siempre andaba sucio, con las ropas raídas, comía muy mal y bebía a las dos manos. Parecía más un hombre lleno de necesidades que un millonario y, para colmo de males, era codicioso y avaro.

Según se dice, cuando ya rondaba los 80 años contrajo matrimonio con una mujer contemporánea con él y su aspecto personal mejoró considerablemente, pero nunca dejó de ser el tacaño y colérico personaje que siempre fue.

Algunos aseguran que, con el cambio de moneda en 1961, uno de los que más se afectó fue François Gamboa, el que perdió cientos de miles de pesos escondidos en su casa y que fueran encontrados en paquetes de diez mil pesos tras su muerte y se especula que debe haber muchos más escondidos o enterrados.

En resumen, un delincuente encubierto que escogió un lugar entonces escondido y apartado para hacer crecer su botín y que no obstante su éxito, debido exclusivamente a que tenía medios para invertir, nunca ayudó a nadie y vivía como un mísero, por lo que no se mereció nada de lo que tuvo.

La Isla de la Juventud tiene un ritmo original: el “sucu sucu,” que tiene más en cosas en común con el calipso y otros ritmos caribeños que con los procedentes de la gran isla de Cuba, y estoy seguro que algún sucu-sucu echándole con el rayo al desagradable François tiene que haberse escuchado.