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María Elena Hoyos, la cubana que «revivió» desde su tumba por el capricho de su esposo

¿De qué somos capaces de hacer por amor? El amor como fuerza mística, todo lo puede, pero este sentimiento en las mentes más perturbadas, como la de Carl Tanzler, motiva hasta lo siniestro.

Carl Tanzler se obsesionó tan perdidamente por una hermosa cubana de cabello oscuro, de porte exótico, que en la muerte vio la oportunidad de que un amor no correspondido se transformara en algo más, llevándolo a realizar lo impensable.

Algunos dijeron que él no era más que un romántico excéntrico; otros rechazaron lo que hizo, catalogándolo como un sujeto repulsivo que robó y abusó del cadáver de una joven cubana. Esta es su historia…

Corría el año 1930 cuando la vida de Carl Tanzler, un radiólogo de nacionalidad alemana que migró con su familia y sus dos hijas a los Estados Unidos en la década de 1920, experimentó un vuelco definitivo. Tenía por entonces más de 50 años e inició un romance clandestino con su paciente Maria Elena Milagro de Hoyos. María Elena era cubana, tenía 21 años y sufría de tuberculosis. Su madre la llevó al hospital en busca de atención especializada.

Tanzler aplicó todos sus conocimientos sobre medicina para salvar la vida de su amada.

Se conocieron el 22 de abril de 1930, cuando la madre de María Elena, a quien solían llamar «Helen», la trasladó a su consultorio para realizarle unos exámenes fisiológicos. Desde ese momento, Tanzler quedó cautivado por su belleza. El embeleso se intensificó mucho más cuando recordó una revelación en la que una tía fallecida, la condesa Anna Constantia von Cosel, le mostraba el supuesto rostro de su verdadera alma gemela: era ella… la exótica mujer de cabellos negros.

Tanzler quedó obsesionado con María Elena. Como no contaba con suficiente formación para el tratamiento de la tuberculosis, y por entonces eran mínimas las posibilidades de curación, decidió atenderla él mismo en la casa de sus padres.

Naturalmente no tuvo éxito y María Elena falleció un año después, el 25 de octubre de 1931. Tanzler se ofreció para pagar el funeral y también construyó un mausoleo para la difunta en el Cementerio de la Isla de Key West, con el consentimiento de su familia. Durante un año y medio el radiólogo visitó su tumba cada noche.

La muerte no fue capaz de arrancarle la ardiente obsesión que despertó la cubana

Pronto su obsesión se volvió macabra. Tazler relataría más adelante que el espíritu de Maria Elena le cantaba canciones en castellano cuando él se sentaba junto a su tumba, y que le suplicaba que la llevara a su casa. Y así lo hizo en el mes de abril de 1933, cuando exhumó el cadáver y lo trasladó a su propia casa en un carrito de juguete.

Allí se dedicó a preservarlo aplicando técnicas inimaginables. El cuerpo se encontraba en un estado avanzado de putrefacción, por lo que pegó sus huesos con perchas y cables, reemplazó sus ojos por otros de cristal y la carne podrida con tela de seda tratada con cera y yeso blanco. También rellenó sus cavidades abdominales y el pecho con trapos, para tratar de mantener sus formas humanas, y le colocó la peluca que María Elena solía utilizar durante su tratamiento. Para ocultar el olor a putrefacto, el radiólogo utilizó litros y litros de perfume.

Usó desinfectantes, perfumes y preservantes de cualquier tipo para quitar el hedor de su amada.

Paso días y noches enteras con el cuerpo, incluso bailaba con él. Además, Tanzler mantenía relaciones sexuales con el cadáver.

Tras un tiempo, los rumores llegaron a la familia de Maria Elena. Su hermana Florinda fue hasta casa de Tanzler, y para su enorme sorpresa, descubrió el cuerpo de su hermana. Sin pensarlo, llamó a la policía y Tanzler fue detenido.

El caso se hizo muy famoso y tuvo bastante repercusión mediática. Después de su detención, el cuerpo de María Elena fue enterrado en el cementerio para que pudiera descansar en paz. Cuando Tanzler salió de la cárcel, escribió una autobiografía que fue publicada en Fantastic Adventures.

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