Cuba se encamina peligrosamente hacia una crisis energética que podría ser más devastadora que la vivida durante el Período Especial

Redacción

Cuba se encamina peligrosamente hacia una crisis energética que podría ser incluso más devastadora que la vivida durante el Período Especial, con efectos directos en la comida que llega a la mesa, el transporte, la producción y la vida diaria de millones de personas. No es alarmismo: es el resultado de décadas de mala gestión, dependencia externa y un modelo agotado.

La advertencia la lanzó el economista cubano Pedro Monreal en un hilo publicado en X, donde expone con claridad que una interrupción total o severa de las importaciones de combustible colocaría a la Isla en una situación límite, marcada por precariedad extrema e inseguridad alimentaria. Un escenario que el régimen prefiere no mencionar, pero que ya se siente en la calle con apagones interminables y fábricas paralizadas.

Monreal explica que, si no aparece una salida diplomática que garantice el suministro de petróleo, una interrupción forzada de las importaciones de crudo y derivados provocaría un desplome brutal de la disponibilidad energética, incluso por debajo de los niveles de los años 90, cuando la caída de la Unión Soviética dejó a Cuba sin oxígeno económico.

Aunque el régimen presume de cierta estabilidad en la producción nacional de crudo, la realidad es otra. En los últimos años, la producción interna y las importaciones han sido similares en volumen, pero esa aparente calma es puro maquillaje. Si el combustible importado desaparece, la disponibilidad total de petróleo se reduciría aproximadamente a la mitad, un golpe que el sistema energético cubano, viejo y mal mantenido, simplemente no puede soportar.

Es cierto que hoy Cuba extrae más crudo que durante el Período Especial, pero esa ventaja es engañosa. El petróleo nacional es pesado y de baja calidad, útil casi exclusivamente para alimentar termoeléctricas obsoletas o industrias altamente consumidoras de energía, como la producción de cemento. Su aporte a la refinación de combustibles esenciales es mínimo, lo que deja al país peligrosamente dependiente del petróleo que viene de afuera.

El panorama se vuelve aún más oscuro cuando se analiza la matriz energética completa. Monreal advierte que el impacto no sería igual para todos los combustibles. Mientras el crudo para las termoeléctricas sufriría un daño relativo menor —aunque en plantas que ya funcionan a duras penas—, la disponibilidad de diésel, gasolina y fuel oil se desplomaría, paralizando el transporte, la agricultura, la distribución de alimentos y los servicios básicos.

El escenario más alarmante descrito por el economista es lo que denomina la “opción cero”, un punto al que Cuba no llegó ni siquiera en los peores momentos del Período Especial, pero que hoy aparece como una posibilidad real. Sería, en sus propias palabras, una especie de regreso a una economía casi medieval, acompañado de un agravamiento severo del hambre y un retroceso brutal en las condiciones de vida de la población.

Mientras el régimen sigue apostando por consignas vacías y culpando a factores externos, la realidad es que Cuba se acerca a un abismo energético creado por su propio modelo. Y, como siempre, quienes pagarán el precio no serán los de arriba, sino los cubanos de a pie.

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