La capital cubana atraviesa un momento dramático: 14 muertes por cada 1,000 nacidos vivos, la cifra más alta en más de veinte años, reconocida incluso por las propias autoridades durante el reciente Pleno del Partido Comunista. Este número supera con creces el promedio nacional de 8,2 ‰ reportado en julio de 2025 y evidencia el deterioro acelerado de un sistema sanitario que se cae a pedazos por desabastecimiento, fuga de médicos y caos institucional.
En la reunión partidista de este viernes, Miguel Díaz-Canel intentó ponerle maquillaje a la realidad con su frase de siempre: “aunque haya cerco al combustible, nosotros no nos vamos a dejar vencer por el imperio”. Pero las palabras huecas no logran ocultar lo que ya es un colapso sanitario evidente.
Meses atrás, el MINSAP admitió que la mortalidad infantil y materna iba en aumento, que solo se cubre el 30 % del cuadro básico de medicamentos, y que los hospitales sufren carencias graves de insumos, incubadoras, ambulancias y especialistas. En julio de 2025, el ministro José Ángel Portal Miranda reportó 8,2 muertes infantiles por cada mil nacidos vivos, frente a 7,4 el año anterior, mientras la mortalidad materna casi se duplicaba, alcanzando 56,3 por cada 100,000 nacidos vivos.
La situación se complicó aún más con epidemias de chikungunya y dengue, que entre noviembre y diciembre provocaron decenas de muertes, la mayoría niños. En la última fase del brote, 63 menores quedaron hospitalizados en estado grave y 16 en estado crítico, según cifras oficiales del epidemiólogo Francisco Durán.
Mientras tanto, la viceministra de Salud, Carilda Peña García, llegó a asegurar en televisión que “el sistema cubano es mejor que el de muchos países”, justo al confirmar la muerte de 33 personas, 21 de ellas menores de edad. Esa contradicción entre propaganda y tragedia es la marca registrada de un régimen que niega su propio colapso.
A nivel nacional, las cifras son devastadoras. En 2018, la mortalidad infantil era de 3,9 por mil nacidos vivos; hoy, casi se ha triplicado. Pero el régimen sigue culpando al “bloqueo” y rehúsa asumir la responsabilidad de su modelo centralizado, corrupción institucional y falta de inversión hospitalaria. En Guantánamo, por ejemplo, la tasa llegó a 13,9 en mayo de 2025, y la respuesta oficial fue “fortalecer el trabajo político” en los hospitales, en lugar de enviar medicamentos o médicos.
El panorama demográfico completa la tragedia: la natalidad más baja en 60 años, con menos de 90,000 nacimientos en 2023, y una población envejecida, crean una tormenta perfecta de crisis sanitaria, migratoria y social. Cada vez más médicos abandonan el país, los servicios de obstetricia y pediatría colapsan, y los brotes epidemiológicos se expanden sin control por falta de recursos básicos.
Mientras tanto, la propaganda oficial sigue hablando de “logros sociales” y “resistencia heroica”. Díaz-Canel incluso afirmó que Cuba mantiene resultados “en lo social que no los tiene Estados Unidos”, intentando rescatar la vieja narrativa del “modelo socialista”. Pero los indicadores internacionales —desde el Índice de Desarrollo Humano hasta Freedom House y Reporteros Sin Fronteras— dejan claro que la isla está más pobre, enferma y reprimida que nunca.
En la Cuba que alguna vez se presentó como “potencia médica”, hoy mueren más niños, nacen menos cubanos y los hospitales colapsan. La mortalidad infantil se ha convertido en el termómetro más doloroso de una nación exhausta, donde el régimen prefiere hablar de imperialismo antes que mirar de frente a las incubadoras vacías.







