El gobierno de Estados Unidos subió el tono contra el régimen cubano y exigió el cese inmediato del hostigamiento contra el encargado de negocios de su embajada en La Habana, Mike Hammer, luego del acto de repudio organizado en su contra en la ciudad de Camagüey.
Desde Washington, la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental fue directa y sin adornos. En un mensaje publicado en X, calificó al gobierno cubano como “régimen ilegítimo” y denunció el uso de turbas para interferir en la labor diplomática de Hammer y del resto del personal de la embajada estadounidense.
El comunicado dejó claro que, pese a las maniobras de intimidación, los diplomáticos estadounidenses seguirán reuniéndose con el pueblo cubano, dejando en evidencia que las viejas tácticas de presión del castrismo ya no intimidan a nadie fuera de la Isla.
El incidente más reciente ocurrió el sábado en el Hotel Santa María, en plena Plaza del Gallo de Camagüey. Allí, Hammer fue increpado por una multitud movilizada por las autoridades locales, en una escena que recordó los actos de repudio más oscuros del aparato represivo cubano.
La agresión verbal tuvo lugar, además, en medio de un apagón general, cuando el centro histórico de la ciudad quedó a oscuras, un detalle que resume perfectamente el estado actual del país: sin luz, sin servicios y sin límites en el abuso de poder.
Testigos grabaron los insultos dirigidos al diplomático, entre gritos de “títere”, “imperialista”, “asesino” y “fuera de Camagüey”. Los videos circularon rápidamente en redes sociales, difundidos por el periodista Mario J. Pentón y los activistas Irma Lidia Broek y José Raúl Gallego, desmontando cualquier intento oficial de minimizar lo ocurrido.
No era la primera vez. Apenas un día antes, Hammer había sido objeto de un episodio similar en Trinidad, cuando fue insultado a la salida de la Iglesia San Francisco de Paula, tras reunirse con el sacerdote y activista José Conrado Rodríguez, una figura incómoda para el régimen desde hace años.
En esa ocasión, el diplomático respondió con calma y claridad. Aseguró que quienes gritaban no representan al pueblo cubano y explicó que sus visitas buscan conocer a los cubanos de a pie, escuchar sus preocupaciones y entender sus aspiraciones para una Cuba mejor.
El nuevo acto de repudio en Camagüey no hizo más que reactivar las críticas contra las tácticas de hostigamiento del régimen, tradicionalmente dirigidas contra opositores y periodistas independientes, pero que ahora alcanzan incluso a diplomáticos extranjeros.
Lejos de proyectar fuerza, estos episodios refuerzan la imagen de un poder nervioso, intolerante y atrapado en métodos de otra época, incapaz de lidiar con el diálogo, la observación internacional o el simple contacto entre un diplomático y la sociedad civil cubana.







