El canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla salió este martes a responderle a Donald Trump después de que el presidente estadounidense afirmara que Cuba está “devastada” y que para él sería “un honor liberarla”. Como era de esperarse, La Habana reaccionó con el mismo guion de siempre: culpar a Washington de todos los males mientras evita mirar hacia adentro, donde el desastre tiene nombre, apellido y más de seis décadas de control absoluto.
Trump hizo esas declaraciones durante una entrevista telefónica con Salem News Channel, donde aseguró que siente una obligación política con los cubanos en Estados Unidos. Según dijo, obtuvo un respaldo masivo dentro de esa comunidad, aunque la cifra que mencionó no ha sido confirmada por mediciones independientes.
El mandatario también volvió a utilizar una imagen fuerte: colocar el portaaviones USS Abraham Lincoln cerca de las costas cubanas para presionar al régimen. No es la primera vez que lanza una frase de ese calibre. Días antes, en una cena privada en West Palm Beach, ya había hablado de una posible acción rápida contra La Habana después de otras operaciones internacionales.
Ante ese escenario, Bruno Rodríguez publicó en Facebook una respuesta cargada de acusaciones contra Estados Unidos. El canciller calificó el argumento de Trump como “cínico e hipócrita” y aseguró que Washington lleva décadas intentando destruir la economía cubana mediante sanciones, bloqueo energético y medidas extraterritoriales.
Pero el problema de fondo es que el régimen vuelve a usar el embargo como escudo para tapar su propio fracaso. Porque la Cuba que hoy está en ruinas no se explica solamente por presiones externas. Se explica también por un sistema improductivo, represivo y cerrado, incapaz de alimentar al pueblo, sostener la infraestructura, garantizar servicios básicos o permitir libertades económicas reales.
Bruno no dejó espacio a ningún tono diplomático. En su mensaje mezcló sanciones económicas, amenazas militares y política exterior estadounidense bajo una misma acusación de “crímenes internacionales”. Es decir, la respuesta fue una denuncia total, sin matices, sin propuesta y sin una sola palabra de autocrítica.
Mientras tanto, los cubanos siguen haciendo colas eternas, viviendo apagones interminables, sobreviviendo con salarios pulverizados y viendo cómo el país se cae a pedazos. Ahí está la contradicción más grande: el régimen grita contra Washington, pero no explica por qué después de tantos años de poder absoluto no ha sido capaz de construir una economía funcional.
Trump, por su parte, ha elevado el tono sobre Cuba en medio de una estrategia más dura hacia el hemisferio. Sus declaraciones conectan con un sector del exilio cubano que exige presión real contra la dictadura, aunque también generan tensión por el lenguaje militar que utiliza.
La Habana intenta presentar esas palabras como una amenaza externa para cerrar filas y victimizarse. Pero cada vez le cuesta más vender ese cuento, porque el pueblo cubano ya sabe que el principal responsable de su miseria diaria no vive en Washington, sino en los palacios del poder en La Habana.

