El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, volvió a poner el dedo en la llaga este miércoles al asegurar que Cuba tiene todo para convertirse en una nación próspera, pero que el desastre económico que vive la isla no se debe a falta de recursos, sino al modelo político impuesto por el régimen durante más de seis décadas.
Durante una entrevista con Sean Hannity en Fox News, Rubio describió a Cuba como un país lleno de riquezas naturales y oportunidades desperdiciadas. Según explicó, la isla cuenta con enormes reservas minerales, tierras fértiles y un potencial turístico que cualquier nación quisiera tener. Sin embargo, todo eso termina sepultado bajo el peso de un sistema que ha llevado al país a la ruina.
“Cuba no debería ser un país pobre y su pueblo no tendría que estar pasando hambre”, afirmó Rubio, dejando claro que, para él, el problema jamás ha sido geográfico ni humano, sino político.
El jefe de la diplomacia estadounidense mencionó que Cuba posee algunos de los depósitos de minerales raros más importantes del planeta, además de condiciones privilegiadas para el turismo y la agricultura. Y soltó una frase que ha resonado fuerte dentro y fuera de la isla: “Los cubanos prosperan en cualquier parte del mundo… menos en Cuba”.
La idea detrás de sus palabras fue clara como el agua: cuando los cubanos emigran y salen del control del régimen, levantan negocios, estudian, crean empresas y progresan. Pero dentro de Cuba, el sistema termina asfixiando cualquier posibilidad de crecimiento económico o libertad individual. “Ahí está la prueba”, dirían muchos en la calle.
Rubio también señaló que una eventual apertura real de Cuba podría atraer una ola masiva de inversiones. No solo por el interés internacional, sino porque existe una enorme comunidad de cubanoamericanos dispuesta a regresar y apostar por la reconstrucción del país si algún día cambia el panorama político.
Las declaraciones coinciden con datos concretos sobre el potencial económico de la isla. Cuba posee una de las mayores reservas mundiales de níquel, con aproximadamente 5.5 millones de toneladas métricas, según cifras del Servicio Geológico de Estados Unidos. Gran parte de esa producción se concentra en Moa, en el oriente cubano. A eso se suma que casi un tercio del territorio nacional es tierra cultivable, históricamente utilizada para azúcar, tabaco y cítricos.
Pero mientras el país tiene recursos de sobra, la realidad cotidiana del cubano de a pie sigue marcada por apagones interminables, escasez de alimentos, inflación descontrolada y una economía prácticamente colapsada. Una contradicción que Rubio ha venido denunciando desde hace meses.
A finales de abril ya había advertido que Cuba se dirigía hacia solo dos escenarios posibles: un “colapso total” o reformas económicas profundas. Pero dejó claro que ninguna de las dos opciones puede ocurrir mientras el mismo aparato político continúe aferrado al poder.
Días después fue todavía más directo al afirmar que para rescatar a Cuba no basta con pequeños ajustes o maquillajes económicos. Según dijo, hace falta cambiar completamente a quienes gobiernan, el sistema político y el modelo económico impuesto por el castrismo durante décadas.
El pasado 1 de abril resumió su diagnóstico con una frase demoledora: “Literalmente no hay economía en Cuba”. Y añadió que es imposible arreglar la situación económica del país sin desmontar primero el sistema que la destruyó.
Mientras tanto, el régimen cubano intenta vender señales de “apertura” anunciando nuevas medidas para permitir inversiones de emigrados en pequeñas empresas y en el sector bancario. Pero dentro del exilio y la diáspora, muchos recibieron el anuncio con tremendo escepticismo. Para una gran parte de los cubanos fuera de la isla, el problema no es falta de inversionistas, sino falta de garantías, libertad y confianza en un sistema que históricamente ha cambiado las reglas cuando le conviene.
El 5 de mayo, Rubio volvió a endurecer el tono al advertir que “las cosas van a cambiar” en Cuba, mensaje que varios analistas interpretaron como otra señal de que la administración de Donald Trump mantiene una línea dura hacia La Habana y no contempla aliviar presiones mientras no exista un cambio estructural real en el país.

