Yanuris, una cubana que “cocina” ladrillos en el patio de su casa para sobrevivir

Yanuris Dean Tamayo es una de las 10 mujeres en la provincia cubana de Granma que se dedica al duro oficio de  “cocinar” ladrillos , el cual durante mucho tiempo solo fue llevado a cabo por hombres, sobre todo por los peligrosos hornos calientes donde realizan esta labor.

A sus treinta y tantos años de edad, y siempre con una sonrisa en su rostro, Yanuris asegura que hoy en día no hay imposibles para la mujer cubana.

“Desde hace más de cinco años que yo misma moldeo los ladrillos con mis manos”, cuenta Yanuris, quien realiza el trabajo con el mismo encanto que el alfarero más ducho.

Su piel luce más oscura, pues la labor se realizar casi todo el tiempo bajo el sol. Ella moldea los ladrillos con sus manos de paloma y huracán, los crea con el encanto de los alfareros duchos: aquellos que excavan, extraen el “fango mágico” y luego lo muelen, lo apisonan, lo echan al molde y lo cocinan durante ocho horas en el horno hasta que esté el producto, el cual ha de sacarse a los dos días, después que las brasas se hayan enfriado.

Yanuris estuvo durante algún tiempo sin trabajar porque tuvo dos bebés preciosos y luego se desempeñó como custodio por tres años. Sin embargo, ahora la más grande de sus preocupaciones es cuando vienen los tiempos de lluvia, ya que el agua no deja tejer el ladrillo, por lo demás está tranquila, ya que puede comprarles a sus hijos lo que necesiten.

“Entre mi hermano y yo quemamos dos hornos enteros de ladrillos en un mes, que son 6000 pesos y unas 20.000 unidades, aunque realmente él es quien los pone al horno. Es cierto que esto es un trabajo duro, pero a mis niños no les falta nada”, confiesa.

Su esposo, que trabaja como chofer, asegura que, si es cierto que Yanuris trabaja muchísimo, pero que come por 10, a lo que ella siempre responde con un gesto risueño.

“No soy la única alfarera de por aquí. Entre La Cañada y otro barrio de las cercanías trabajamos en esto 10 mujeres: Norelis, Alina, Vivian, Esther, Leonor, Elsi, María, Griselda, Miguelina (la mayor, con 56 años) y yo”.

Cada año son miles de ladrillos lo que entrega esta cubana a la construcción estatal, y aunque reconoce que quizás si hubiera estudiado más podría trabajar en otra labor, se siente muy contenta de haber podido salir a delante con sus propias manos.


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