Don Antonio Álvarez Valerino I, el negro cubano que se creía Majestad Emperador del Mundo

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Sin lugar a dudas el loco más famoso de todos los tiempos en Cuba ha sido el Caballero de París. No obstante, a mediados del siglo pasado, la pelea por tan dudoso honor no estaba del todo definida, ya que otro personaje célebre se paseaba por las calles de La Habana.

Se trataba de Don Antonio Álvarez Valerino I, su “Majestad Emperador del Mundo”, quien además aseguraba que era el Jefe Supremo del Mar, Tierra y Aire, de las fuerzas de las Naciones Unidas y coordinador del Parlamento Federal Mundial en la Ciudad Militar de Columbia, donde dictaba órdenes secretas al mismísimo general Fulgencio Batista.

Luciendo un uniforme militar, una gorra de plato con el escudo distintivo de su rango, y en su pecho un sinnúmero de condecoraciones recibidas por sus servicios prestados en la defensa del mundo, pero que en realidad algunos guasones de su ocasional y festiva corte le colgaban en la pechera para seguirle la corriente.

Valerino tenía su “puesto de combate” en la Acera del Louvre, los alrededores del Parque Central y el Teatro Martí, por donde solía pasearse para recibir instrucciones de agentes secretos de todas las nacionalidades.

Cuando en esos lugares Valeriano I veía un grupo de personas se subía a un banco o cualquier otra altura que hubiera cerca e improvisaba un enredado discurso presentándose como el Emperador del Mundo y narrando en un lenguaje desordenado sus ilusorias entrevistas secretas con el Papa, el Secretario General de la ONU, Einstein y otros personajes que le se ocurrían para poner paz en el mundo

El Emperador (Antonio Alvarez Valeriano era su nombre verdadero)

A modo de despistar a su larga lista de enemigos, el Emperador del Mundo tenía como vivienda un pequeño cuartico en la calle San Miguel No.5, desde donde elaboraba sus más secretos planes.

Este personaje, nacido el 12 de enero de 1881, en Manzanillo, contó en una ocasión durante una entrevista concedida a la revista Bohemia, que había servido bajo las órdenes del mayor general, Mario García Menocal, durante la Guerra del 95.

Que su nombre no figurase entre los pensionados del Ejército libertador lo justificó diciendo que no había aceptado dicha pensión, ya que él participó con el solo propósito de defender a Cuba, no por interés.

No obstante, aseguraban que su papel fue definitivo para la derrota de España en Cuba y que también había combatido en África y en el mundo entero.


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